40 días de...oración
Dicen que las mujeres son capaces de distinguir muchos más colores que los
hombres. Sin embargo, cuando miro la paleta de colores del ordenador veo y
distingo una infinidad de tonos diferentes. Así que he llegado a una conclusión
bastante simple y evidente: mi problema no está en la vista sino en mi
ignorancia. En el colegio sólo me hablaron de los siete colores del arco iris y
nadie me enseñó cómo se llamaban los diferentes tonos de azul. Y como tampoco
me dediqué a la pintura nunca tuve el dilema de elegir qué tono de color
comprar para pintar el mar en un día nublado (y que alguien me contó una vez
que era el verde vejiga).
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Por suerte sí he encontrado muchas personas que me han ayudado a poner
nombre a las cosas que suceden en mi interior y en mi oración. Porque entre mis
sentimientos y pensamientos hay una gama enorme de vivencias, emociones,
llamadas y dudas. En mi interior hay todo un mundo de voces, ruidos y
reflexiones que surgen de mí, de los que me rodean, de mi comunidad y también
de Dios.
Sin duda que la oración me ayuda a entender mejor todo eso y a entender
mejor a Dios. Es ese espacio de encuentro donde entre todo el ruido de mi
corazón he aprendido a distinguir y a poner nombre a una palabra que no viene
de mí. Una palabra que hace mi vida más honda, más rica y más profundamente
feliz al abrirme a Dios y a los otros. En la oración aprendo a distinguir y
poner nombre a aquello que viene de Dios. Encuentro palabras para hablar y
compartir con otros sobre ello. Y sobre todo voy aprendiendo a elegir los
colores que me ayudan a llenar mi vida por dentro y por fuera con las
tonalidades que mejor conjuntan con el paisaje que quiere pintar Dios en el
mundo.
Roberto Arnanz
Fuente: Pastoral SJ
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