Palabras que nos definen: MUJER
Y resonó una palabra: MUJER…
y con ella la fundadora, el origen, la semilla
Juana de Lestonnac, nació en la ciudad de Burdeos, Francia en 1556, el mismo año en que muere Ignacio de Loyola.
Creció en medio de viñedos y, por eso, supo desde pequeña que los sabores más agradables al paladar, han pasado la prueba del lagar y del tiempo. Se abrió a la vida en medio de la explosión del humanismo y de las luchas de religión, dos circunstancias determinantes en la construcción del proyecto que orientaría su existencia.
Nació en el seno de una familia noble, su padre Ricardo de Lestonnac, consejero del parlamento francés y reconocido católico. Su madre, Juana Eyquem de Montaigne una ferviente calvinista. Aunque se formó en la religión de su padre, desde pequeña experimentó de cerca el aporte del calvinismo a la educación de la mujer. Miguel de Montaigne, filosofo humanista y tío de Juana, incidió profundamente en la formación de su pensamiento , con su visión optimista del mundo, el sentido de la persona humana y las disposiciones a la honradez.
Creció en medio de viñedos y, por eso, supo desde pequeña que los sabores más agradables al paladar, han pasado la prueba del lagar y del tiempo. Se abrió a la vida en medio de la explosión del humanismo y de las luchas de religión, dos circunstancias determinantes en la construcción del proyecto que orientaría su existencia.
Nació en el seno de una familia noble, su padre Ricardo de Lestonnac, consejero del parlamento francés y reconocido católico. Su madre, Juana Eyquem de Montaigne una ferviente calvinista. Aunque se formó en la religión de su padre, desde pequeña experimentó de cerca el aporte del calvinismo a la educación de la mujer. Miguel de Montaigne, filosofo humanista y tío de Juana, incidió profundamente en la formación de su pensamiento , con su visión optimista del mundo, el sentido de la persona humana y las disposiciones a la honradez.
En 1573, Juana contrajo matrimonio con Gastón de Monferrant, en su compañía formó un hogar ejemplar para toda la sociedad de Burdeos. Con el paso de los años y en medio de los avatares de la vida, fortaleció su capacidad de amar, ensanchó sus entrañas, acogió en su regazo a sus cinco hijos, y abrió las puertas de su casa y de su corazón a todos; era para la gente la “Señora Buena”. A los 41 años quedó viuda y se vio abocada a enfrentar con fortaleza y lucidez la administración de su hogar, la educación de sus hijos.
En su juventud, había experimentado la invitación de Dios a seguirle, a servirle de manera radical, pero entonces, dadas las características de la vida religiosa de su época no había podido responder a esa llamada. En la madurez de su vida resonó nuevamente aquella voz: “Cuida hija mía de no dejar apagar la llama que he encendido en tu corazón y que te mueve con tanto ardor a servirme”, y dejándolo todo y a todos se embarcó rumbo a Toulouse, con el fin de ingresar como religiosa al Convento cisterciense de las Feullantinas.
En su juventud, había experimentado la invitación de Dios a seguirle, a servirle de manera radical, pero entonces, dadas las características de la vida religiosa de su época no había podido responder a esa llamada. En la madurez de su vida resonó nuevamente aquella voz: “Cuida hija mía de no dejar apagar la llama que he encendido en tu corazón y que te mueve con tanto ardor a servirme”, y dejándolo todo y a todos se embarcó rumbo a Toulouse, con el fin de ingresar como religiosa al Convento cisterciense de las Feullantinas.
La salud de Juana se deterioró y, con dolor, se vio obligada a replantearse su opción. En una noche de oración en el Cister, en la que se reveló lo más humano de su sentir y lo más divino de su querer Juana de Lestonnac vivió su experiencia fundante, el encuentro de su vocación más auténtica.
Dios gestó a través de ella y para la Iglesia un Instituto dedicado a servir a la mujer a través de la educación, “comprendió que era ella quién debía tenderles la mano”. En esa noche descubrió su vocación: “La mujer debía salvar a la mujer”
Juana vivió y se desvivió por hacer realidad este proyecto. Empeñó toda su existencia en ofrecer a la juventud femenina, formación, posibilidades, espacios, criterios que le permitieran vivir con más dignidad y mayor reconocimiento: la mujer carecía de palabra, poder y decisión… Estaba convencida de que con su obra contribuiría a la “Mayor gloria de Dios, el bien del pueblo y la salvación de las almas”. Juana comprendía claramente la incidencia que una mujer bien formada tenía en la familia y por tanto en la sociedad.
Desde entonces el acompañamiento preferencial a la mujer ha marcado los sueños, búsquedas, iniciativas y decisiones de la Compañía de María.
Dios gestó a través de ella y para la Iglesia un Instituto dedicado a servir a la mujer a través de la educación, “comprendió que era ella quién debía tenderles la mano”. En esa noche descubrió su vocación: “La mujer debía salvar a la mujer”
Juana vivió y se desvivió por hacer realidad este proyecto. Empeñó toda su existencia en ofrecer a la juventud femenina, formación, posibilidades, espacios, criterios que le permitieran vivir con más dignidad y mayor reconocimiento: la mujer carecía de palabra, poder y decisión… Estaba convencida de que con su obra contribuiría a la “Mayor gloria de Dios, el bien del pueblo y la salvación de las almas”. Juana comprendía claramente la incidencia que una mujer bien formada tenía en la familia y por tanto en la sociedad.
Desde entonces el acompañamiento preferencial a la mujer ha marcado los sueños, búsquedas, iniciativas y decisiones de la Compañía de María.
Mujer,
misterio que fecundas
y embelleces la tierra.
Inspiración de poetas y turpiales,
Por ti parimos
escuelas y hospitales,
dispensarios y casas de acogida.
Junto a ti y a tu dolor
esta nuestra intuición primera,
nuestra ofrenda más simple y genuina.
Tú eres desde entonces y por siempre
preludio de tiempos mejores,
promesa de un mundo nuevo.
Liliana Franco Echeverri ODN
Religiosa de la Compañía de María. Colombia
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